Eras la fuerza de todos los mares enfurecidos,
escondidos en un abrir y cerrar,
de esos ojos que me guiaban hacia donde ellos quisieran.
Eras aquella melodía que guardaban las olas,
esas que al chocar contra la roca,
salpicaban nostalgia entre los
huecos que quedan de dos manos que se unen.
Eras todo aquello que marcaba,
mi lugar sobre mis zapatos que pisaban,
aquella tierra que era coronada tu reino.
Eras mi nación, mi horizonte y el resto del mundo en el que
hubiera querido viajar.
Pero un día te acabaste,
como el mundo si hubiéramos navegado demasiado en un pasado,
destinándonos a un infinito oscuro que no originaba más que
desconcierto,
al perdernos,
yo contigo por tu mundo, tu sin mí y en el
tuyo, que llamabas nuestro.
Y es entonces cuando caí en la cuenta de que estaba pisando
tus huellas y no junto a las tuyas,
que quizá mi camino era más tuyo que mío, y yo menos tú
camino que nunca.
Decidí encontrarme,
buscar mi brújula,
que encontré bajo mi pecho,
ese que dolía como nunca.
Decidí salvarme,
decidí cambiar de ruta,
hacia otros mares, otros caminos que valieran la alegría y
no la pena,
mi felicidad y no nuestra tristeza.
Decidí,
que tu mapa del tesoro había caducado hacia tiempo,
pues ya no había un nosotros en el trayecto.
Mi punto de partida,
fue la dirección que tomó aquel barco,
que no terminaba de estrellarse,
porque al menos uno de
nosotros seguía remando.
El otro, se estaba ahogando.
Es entonces, cuando encontré mi cordenada exacta,
lejos de dónde tu quisiste que me encontrara.
A partir de ahora marcaría mis propias pautas,
A partir de ahora, buscaría en mí mi norte y mi sur en
mi geografía sin atlas.
Esa geografía que comienza por mi curva más bonita,
que por fin encontré entre algunas cenizas de agua salada,
la curva de mi propia sonrisa.
Pues mi sitio estaba,
dónde yo me encontrara.

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