Dos cuerpos,
dos huecos que esperan ser completados con algo más que
amor,
dos ojos que se reflejan,
el uno al otro,
y su color.
Dos cuerpos,
que conforman la carcasa de dos risas escondidas bajo el
pecho,
que desean juntarse más de lo que les permite la piel.
Dos cuerpos,
que con toda la pasión que existe se desgarran,
acariciando sus entrañas,
mientras van haciendo el amor con
la mayor guerra de todas.
Una guerra que no tiene tregua,
que no se vence por ningún asalto,
y cuyos guerreros,
con sólo rozarse los dedos de la mano,
se sienten capaces de vencer el mundo si de ello dependiera
volver a verse.
Dos cuerpos.
Dos sentimientos.
Un solo corazón.
Dos cuerpos haciendo el amor,
fundiéndose en el fuego que crear ellos dos,
mientras descubren la teoría del todo,
y hayan el infinito bajo las sábanas,
que bautizan como el instante en el que sólo están ellos,
y la habitación pasa a ser el infierno,
donde se quemarían,
hasta tocar el cielo sobre el colchón.
La teoría del todo,
la fórmula matemática exacta que escapa de toda razón: el amor.

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