Caí al precipicio de mi voz,
mientras se agotaban las notas,
y toda melodía.
Como cuando coges a un ángel por las alas,
que ya no vuelan,
que ya no son las alas,
que un día adornaron tu cielo de la mayor de todas las esperanzas.
Y la caída,
dió el mayor vértigo de todos.
Sin embargo,
descubrí un infierno precioso,
que me daba más calma,
que las nubes al rozar la piel que se imagina,
que me protegía del sol,
y en la mismísima sombra encontré mi propio cielo.
Ese cielo,
que tanto soñaba que merecía.
Y que por fin,
agarré fuerte con las uñas, y con los dientes,
y con toda la ilusión que pueda caber en mi ser.
Y la música,

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